Los 40 principales


jardin-otono-banco-del-parque-arbol-de-hoja_121-65999Tempus fugit. La vida pasa. Tú estás ahí, y ella se pasea por delante como si estuvieras sentado en un banco desde el que recuerdas (o recordarás) tus vivencias como metaforizó magistralmente Robert Zemeckis en la película “Forrest Gump”. A medida que la vida avanza te das cuenta de la cantidad de cosas que recuerdas independientemente del tiempo que haya pasado desde que sucedieron, de la misma manera que no recuerdas otras cosas porque tu cerebro está diseñado por la Evolución para olvidar las malas experiencias -matizable-. Es un sistema autoalimentado diariamente. Desde que te levantas de la cama y te das una cabezada contra la ventana que dejaste abierta por la noche, o ayudas a una señora a pasar la Barik en el metro, o se te quema la comida, o el vástago de tu vecino ya tiene edad para conocerte y sonríe cuando le haces bobadas. Todo cuenta para tu aparato cognitivo. Un montón de cosas que tu cerebro ordena de manera inconsciente (como respirar, parpadear, latir el corazón…) atestiguan que se aburre sólo con ellas, y por eso necesita esa comida diaria que le aportas a modo de experiencias. Es como un cachorrillo al que sólo le interesa jugar.

Todas las cucharadas de vida que le das, él las va clasificando. A veces llevado en volandas por el cariño y la emoción. A veces por el orgullo. Incluso por el rencor. Y en un mundo que vive plagado de listas, él no iba a ser menos. Su manera de decidir qué es importante no depende de ti, depende de él. A ti toda la información te llega mascadita, y por eso te acuerdas de aquella vieja casa del pueblo en la que te caíste, o de tu primer encontronazo con el alcohol. Tu percepción puede que no concuerde con la suya, pero él manda. A veces juega al escondite con tus recuerdos y sólo los deja asomar hasta la punta de la lengua. Son cosas del “jefe”. Quizá sea una putada para ti no acordarte. Mala suerte, eso le da igual. Las consecuencias puede que no te agraden, pero la lista será originada en función de conceptos que a ti se te escapan. Eres el Forrest Gump de esta historia, no lo olvides…

Dicho esto, son muchas las veces en que preferirías no acordarte de cosas, y sin embargo te taladran durante tanto tiempo que es imposible olvidarlas, porque él se encarga de ello. En ese momento entra en juego la incertidumbre, el vértigo: el miedo a lo desconocido. No obstante, él gestiona qué es lo que no puedes olvidar, así que tú a callar. Es su lista de los 40 principales. Un conjunto de cosas mezcladas de manera ecléctica a lo largo de tu camino en la que recuerdos imborrables por lo bueno comparten podium con momentos imborrables por lo malo. Y están ahí, tallados. Tú alimentas diariamente tu cabeza como si se tratara de tu propio estómago, pero no siempre es suficiente para liquidar esa cuenta que te ha quedado pendiente. Desconoces qué mecanismo te atormenta con recuerdos malos en el Top 3 de la lista, y haces todo lo posible porque desaparezcan de ahí. A pesar de tus esfuerzos, el Top 3 de la lista es como en Los 40: suena mucho a lo largo del día, sea bueno o malo. Ese desconocimiento de lo interno te hace agarrarte a un clavo ardiendo y haces todo lo posible por tener momentos buenos en familia, con amigos, en el trabajo. Lo que sea. Todo vale para que el hit que él ya ha marcado a perpetuidad en el Top 3 se disipe el mayor tiempo posible del que pasas cada día sentado en aquel banco con tu caja de bombones. Y entre tantas y tantas cosas, a veces, desesperado, buscas un cambio que realmente percibes como necesario. Porque conoces gente que haciéndolo ha mitigado esos momentos de penumbra. Es entonces cuando decides, sin tenerle en cuenta a él, que lo desconocido no tiene por qué ser malo, y te plantas en la barra de un bar dispuesto a aceptar ese desafío. Lo lucharás, pensando que añadiendo una canción de amor a la lista subirá a lo más alto en poco tiempo, desbancando a alguno de los hits de reggeaton que retumban cada dos por tres.

De repente, te ves sentado en el banco, con tu caja de bombones y tus auriculares… pero ya no estás solo. En la otra esquina hay otra persona a la que has invitado, con la que compartes tu música. Esa persona acepta la invitación, siempre y cuando vayas a su banco cuando te lo pida. Y decides que sí. De buenas a primeras entiendes que los desafíos están para afrontarlos. Te haces mayor. Y decides hacerte mayor con esa persona, porque juntos parece que el bombardeo de buenos momentos aumenta de manera exponencial, porque el beneficio es mutuo y palpable. Tus 40 principales tienen un aliado que el responsable de definir el orden no esperaba. Los 40 principales de la otra persona también. Y la vida pasa, pero ya nada es lo mismo. Ahora de vez en cuando te sientas a escuchar su música. Y opinas o aconsejas. Te esfuerzas para que esa alianza no decaiga recordando fechas que no son más que eso: fechas. Fechas que intentas transformar  en compromisos porque sabes que lo que hacen es reforzar tu percepción de que acertaste aceptando el desafío. En aquel bar. Aquel día. Por eso, como hoy es unos de esos días especiales, escribo esto para que Aitziber sepa que me gusta mucho su música. Algún día le pediré bailar… todavía estoy preparando la coreografía. 😉

Iván Fernández Barcenilla

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